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Dúos dinámicos argentinos ¡Ponele mugre!

. Escrito en Vol VI - Número 1

EDITORIAL

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Rev Electro y Arritmias

2012; 6: 1-4

Adrian Baranchuk MD FACC FRCPC

Director Asociado-Revista Electrofisiología y Arritmias

Palabras Clave: Dúos dinámicos; pasión; Tango

Correspondencia: Adrian Baranchuk, MD FACC FRCPC
Associate Professor of Medicine
Director, EP Training Program
Cardiac Electrophysiology and Pacing
Kingston General Hospital K7L 2V7
Queen’s University
Ph: 613 549 6666 ext 3801
Fax: 613 548 1387
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Introducción

Al lector desprevenido le aviso: en este comentario editorial Ud. no encontrará muchos QRS, ni Watts, ni revisiones sistemáticas de la literatura electrofisiológica.

Tampoco encontrará citas de artículos célebres, ni figuras con conducciones supernormales, ni complicaciones infrecuentes de nuestro quehacer diario.

Tampoco estoy seguro de que no encuentre nada de eso. Las certezas se esfuman cuando las incertidumbres acechan. Por eso, avezado lector, esté Ud. atento, no se relaje, ya que en un segundo, ese potencial de His esquivo puede colarse en este relato, y Ud, maladvertido por mí, sucumbirá al engaño y podría perderse ese latido que justo era el que justificaba todo de lo que se estaba hablando.

No diga que no se lo advertí.

La inmediatez de nuestra profesión

En electrofisiología, una subespecialidad de la cardiología que nació como ciencia básica, y que poco a poco se (re)construyó a si misma como una ciencia clínica, las cosas pueden pasar muy rápido.

Por eso, desde jóvenes, nos entrenan para estar despiertos, agazapados como linces frente a la ansiada presa, listos para el ataque.

A medida que crecemos, la adrenalina (y la testosterona…) decrecen, uno regula el motor, baja un cambio y las cosas se perciben desde otra perspectiva.

Pero el reflejo queda.

“Es nuestra naturaleza”, explicaba sabiondo el escorpión; mientras se ahogaba sucumbiendo ante el efecto de su propio veneno.

¿Puede un electrofisiólogo veterano relajarse?

Es posible, creo yo. Ya lo sabré cuando me llegue el momento. Por ahora, sigo al filo de la inmediatez, la ansiedad por lo inesperado, la búsqueda de una solución. Como suena en la Radio: “no se lo que quiero, pero lo quiero ya”.

El rol de nuestros mayores (y nuestros menores)

En Sudamérica, y particularmente en la Argentina, tendemos a olvidar a quienes nos precedieron, a quienes, desde su juventud, forjaron el camino que ahora simplemente nos dedicamos a transitar.

Los viejos molestan. Debieran abrirse para dejar paso libre a la sangre joven. Además, si no se jubilan, bloquean el “mercado” no permitiendo el desarrollo económico de los que vienen atrás. Ni tampoco su progresión académica.

Las excusas para negar el pasado son disímiles, y algunas verdaderamente injustas. Es una manera también, de negar el presente: “somos quienes somos porque nos hicimos así, por generación espontánea, los que nos precedieron poco tuvieron que ver”.

Sin embargo, una rápida lectura de otras sociedades que SI integran a sus mayores, los reconocen, los admiran, y los entreveran con los jóvenes, nos revela que tienden a ser sociedades más ordenadas, justas, y productivas.

¿Podemos cambiar? ¿Queremos cambiar? ¿A alguien le importa?

En Argentina, el desarrollo de la electrofisiología, tanto como ciencia básica, como su (re)surgimiento dentro de la cardiología clínica, debe su impulso a los integrantes de lo que dimos en llamar la “Escuela Rosenbaum de Buenos Aires”. Este artículo no tiene por objeto recordar la figura de Don Mauricio, ni enumerar las más de 500 publicaciones de este grupo ni referir al lector a la revisión obligatoria del libro “Los Hemibloqueos”, el cual cambió la manera de entender el sistema de conducción del ser humano (¡nada menos!!!).

No señor. Pero pretende entre otras cosas, contarle a los que no lo vivieron, el homenaje que le hiciéramos a 4 integrantes esenciales de esta escuela, los Dres. Elizari, Chiale, Nau y Levi.

Durante el 2do Congreso Argentino de Arritmias (una invaluable demostración de democracia, empuje y decisión de un puñado de electrofisiólogos, que mas allá de las Sociedades Científicas de pertenencia se la jugaron por un congreso conjunto), el Foro Iberoamericano de Arritmias por Internet-FIAI-coordinado por el Dr Schapachnik (quien en sus ratos libres coordina el Centro Carlos Chagas, y además dirige una ONG sobre adopción), rindió homenaje a estos monstruos de la electrofisiología.

Desfilaron nombres, imágenes, libros, artículos, anécdotas. Yo confieso, desde el estrado, ver llorar a quienes considero mis maestros, me tocó profundamente. Y pensé: “que lujo poder reconocer a los que con su trabajo, allanaron el camino para que yo pueda hacer el mío”. Una ecuación simple, ¿verdad?

Había gente joven en el salón. Muchos de estos jóvenes no sabían que fueron ellos los que describieron los hemibloqueos, la conducción supernormal, los bloqueos enmascarados, la memoria cardíaca y tantas otras maravillas de nuestra especialidad.

Los aplaudimos a rabiar. Éramos muchos. Todos unidos en este reconocimiento tardío, es cierto, pero como con los vinos, las ideas hay que dejarlas madurar (y recuerden que los electrofisiólogos actuamos a veces por (im)pulsos).

De nuestros jóvenes espero que me sigan desafiando. He aprendido a escucharlos, respetar sus opiniones, revisar mi postura si es antagónica a la de ellos. He aprendido a no criticarlos constantemente, a no desafiarlos y, fundamentalmente, a no obligarlos a seguir mi camino, sino a ayudarlos a encontrar el de ellos. Serán ellos quienes me juzguen en el futuro. Serán ellos los que determinen si mi esfuerzo por educarlos ha pagado sus frutos o no. Serán ellos, además, mis colegas.

Dúos dinámicos argentinos

La dualidad y el apareamiento no son inventos argentinos, como tampoco lo es la atracción de los opuestos. Sin embargo, me gusta pensar la Argentina y sus dúos. Vienen rápido a la memoria Borges y Bioy, con sus contrapuntos, punzadas agudas y colaboraciones geniales. Evita y el Che, íconos populares, estampados en camisetas por igual, adorados con pasión sin distinción. Gardel y Lepera, indispensablemente juntos como el Fernet con Coca, las fritas a caballo o Quino y Mafalda.

Todos tenemos dúos, que de una manera u otra nos han impactado. Ya en la niñez, como Anteojito y Antifaz, en la adolescencia como Charly y Nito, y así podríamos seguir por varias páginas.

Los electrofisiólogos somos adeptos a agrupar: latidos, dispositivos, indicaciones, anticoagulantes, procedimientos. Nos gusta configurar, clasificar, reordenar el caos.

Hacemos listas, las tachamos, rehacemos otras. Son características bien comunes a todos nosotros.

Nos sentimos más cómodos en el mundo de las estructuras. Y ahí, los dúos encajan. Se acomodan a las arbitrariedades del espacio exterior, y encuentran su razón de ser.

Del dúo Elizari-Chiale, es del que quiero hablarles ahora.

La conjunción de estas dos mentes brillantes, agudas, filosas, incisivas dio origen a una catarata impensable de obras maestras de la electrofisiología. Algunas ya fueron mencionadas más arriba, otras, como la teoría inmunológica de la taquicardia sinusal inapropiada o como la teoría de la cresta neural para explicar el Síndrome de Brugada, son dignas (y así lo creo) de quedar en los anales de los descubrimientos médicos más relevantes de nuestra especialidad.

Tanto Pablo como Marcelo gozan de prestigio internacional. Tuve la oportunidad, en Noviembre del 2011, con motivo del 50º Aniversario del Curso de Bayes de Luna en Barcelona, de ver lo que ellos representan en la arena internacional. Como se los escucha y respeta. Como se consideran sus opiniones.

Y además, pude conocer a dos argentinos que no olvidan sus raíces, que no reniegan del barrio, del adoquín, de la vieja, del asado. Son argentinos hasta la médula, y defienden la argentinidad en cada oportunidad que se les presenta.

A todos aquellos que tengan la oportunidad de conocerlos, a los privilegiados que todavía trabajan junto a ellos, por favor, acepten este humilde consejo: “Háganlos hablar, escúchenlos y graben lo que digan”. Esas palabras pueden transformarse en la pieza fundamental de sus carreras. Pueden servirles de guía cuando se desorienten. Pueden darles las fuerzas que sientan que han perdido, cuando llegue el tiempo de la frustración (a todos nos llega, de vez en cuando).

No se dejen perturbar por un grito, o un improperio. Eso se lo lleva el viento.

Escuchen el zumbido de sus neuronas cuando las ponen en funcionamiento.

Un almuerzo mágico

Pablo y Marcelo me llevaron a comer al Centro Vasco-Francés. Fue el marco ideal para lo que iba a suceder. Entre pescados y vino blanco, ambos hablaron sobre ellos, sus vidas, sus recuerdos, sus añoranzas de jóvenes. Se habló de QRS, de conducciones decrementales, de bloqueos en fase.

A través de la luz tenue, vi algo por primera vez en mi vida, algo que no creía que fuera posible. Aunque no lo crean, mientras Marcelo y Pablo rememoraban una anécdota de un Congreso en no se donde, se materializó la pasión. Ahí, entre espinas de Abadejo y Torrontés de Mendoza, se hizo presente la pasión, casi religiosa, pero agnóstica a la vez. Pude tocarla con la yema de los dedos. Era suave pero firme, e invitaba a moldearla. Tenía materia y volumen, pero no se dejaba abarcar. Me distraje de la conversación, y creo que ellos lo notaron.

Me dije: “aflojale al vinito Adriancito…”

Y volvió asuceder

Luego del almuerzo y la alucinación táctil y visual, Pablo me invitó al AADI (la Asociación Argentina de Intérpretes Musicales) que preside el increíble Leopoldo Federico, uno de los bandoneonistas vivos más importantes del mundo, si no el mejor. Para homenajearme, el Secretario del AADI, el Sr. Horacio Malvicino, vino también a mi encuentro, En menos de cinco minutos, Federico, Malvicino, Chiale y yo, sentados cómodamente, en la oficina del “jefe” charlamos sobre música, arritmias (ritmos), recuerdos de infancia y futuro. No había prisa, el tiempo en modo real parecía suspendido, y por una grieta virtual, estos hombres sabios compartieron conmigo sus secretos.

¡¡¡Cuanto más se aprende escuchando que hablando!!!

Pablo, en su dual rol de músico y electrofisiólogo ofició de guía, y cuando por fin entendí los códigos (la falta de códigos) pude entreverarme con estos hombres de música y transportarme a su tiempo, su ritmo…

¡¡Se te enfría la sopa!!

Quiero compartir esta anécdota y guiarlos por la vía donde esta historia se juntó con la mía, con la de Pablo o Marcelo; o con la de muchos que puedan estar leyendo (todavía) esta nota.

Pablo le pregunta al maestro Federico:Diga Maestro, ¿Cuántas horas estudiaba Ud. de pibe? ¿Siete, ocho?”

Leopoldo se frota la barbilla y responde: No, yo creo que menos. Cuando estaba en quinto o sexto grado, volvía del colegio, tomaba la leche y me ponía a estudiar, escalas, arpegios, armonías. A eso de las 8 y media de la noche, mi mamá me gritaba desde la cocina: ‘¡¡¡Leopoldo, vení a comer que se te enfría la sopa!!’

“Yo seguía tocando”, recuerda Federico, “Pero a la tercera vez que mi vieja me gritaba: ‘¡¡¡Leopoldo, vení inmediatamente que se te enfría la sopa!!!’ Yo sabia que era un ultimátum, que en breve vendría chancleta en mano para obligarme a sentarme en la mesa familiar. Así que no quedaba más remedio, iba y me sentaba a tomar la sopa.

“Se escuchaba la radio, se hablaba del día, de las noticias. Lo mismo que en cualquier mesa familiar.” - Mientras tomaba la sopa siguiendo el ritmo de las cucharas golpear contra el plato, rememora Federico, seguía pensando en la digitación. “Pensaba que pasaría si exploro esa armonía, y la construía en mi cabeza. Tomaba toda la sopa, sin poder dejar de pensar en el efecto armónico de moverme más acá o más allá en el teclado del bandoneón”.

Yo escuché, de la boca de Leopoldo Federico, esta historia. Y me pegó tan fuerte que tuve que contener las lágrimas. Volví, por segunda vez en el día (y no seria la última) a sentir la materialización de la pasión. Un chico de diez u once años, con sus pantaloncitos cortos, las rodillas raspadas del fulbito en la escuela, con el fuelle mordiéndole las piernas, no pudiendo parar ni siquiera un minuto para tomar su sopa. Pasión.

“Ponele mugre, Malveta”

Yo me sentía un intruso, como un tipo que se filtra en una casa de religión sin saber todavía si comulga o no con esa fe.

Pero había más.

Horacio “Malveta” Malvicino no quería que yo me fuera sin pasar por su oficina. Al entrar, sobre un sillón destartalado, su guitarra de siempre. Esa con la que lo vi tocar mil veces, ahí, desenfundada, recién tocada, aún caliente. Sobre su escritorio, pentagramas y un lápiz. Miles de notas bailando sobre el papel.

Me animo: “Maestro, ¿está componiendo o arreglando? ‘Estoy escribiendo una Zamba para Saravia (de los Chalchaleros). Está medio chacabuco, y quiero estar seguro que tenga su canción, por las dudas, ¿viste?’”

Pensé, ‘así se despiden los amigos’ con música, con canción. Me pregunté como me despedirán a mí. ¿Escribirán un “memorial” en una revista de mediano impacto? ¿Citarán mis papers, dirán: ‘ante todo fue una gran persona’? ¿Alguien leerá lo que he escrito?

Pero Malveta me volvió al presente. Quería mostrarme algunas fotos suyas, como quien comparte ese tesoro personal, junto a Coltrane, Sinatra, Liza Minelli, y su adorado Astor Piazzolla.

Así, de parados me dice: “Adriancito, cuando Astor componía un tema, me lo pasaba y me decía ‘Malveta, ponele mugre’!. ¿Sabe lo que quería decir Astor con eso? ¡¡¡Que le pusiera calle, que le pusiera Buenos Aires a su música…!!!”

Tenía poco tiempo, y no pude decirle a Malveta, que cuando voy manejando por las calles de Kingston, en Canadá, y escucho a Astor en la radio, lloro. Lloro como un chico, porque me recuerda mi barrio de Flores, no al de hoy, sino el de mi infancia, los ruidos de mi infancia, la mugre de mi infancia… Yo no sabia, que esa “mugre”, la creaba Don Horacio “Malveta” Malvicino, y yo lo tenía, paradito, ahí delante mío, mostrándome sus tesoros.

Y me dejó pensando lo importante de ponerle mugre a lo que hacemos. Ponerle lo nuestro, lo que hemos mamado de chicos, lo que es irremplazable de cada uno. Y al mismo tiempo, para los argentinos, ponerle argentinidad a lo que hacemos, tal vez, que los demás en el mundo, encuentren su lugar vivenciando el nuestro.

Porque hoy el mundo se achicó, todo esta al alcance de un botón. Todo puede tenerse o soñarse ya. No hace falta esperar que llegue la carta del pariente lejano, esa mística se terminó.

Por eso, me parece tan importante ponerle mugre a lo que hago, para reavivar esa llama del misterio, lo impredecible, la búsqueda.

Final

Es un privilegio ser médico. Es un privilegio invertir la vida en ayudar a los demás. Es un privilegio vivir de la pasión, sumergirnos en la pasión, dejarnos arrastrar por ella.

Esta nota, cuando la releo, está desordenada, y mi mente está a punto de jugarme una mala pasada. El desorden me pone en jaque, me inquieta, me incomoda.

Creo que debo borrarla y empezarla de nuevo.

¿Qué tengo yo que ponerme a hablar de la pasión, de los dúos dinámicos argentinos, de Leopoldo y Malvicino, de la sopa fría y la mugre?

Si yo estudié para entender el QRS, los nuevos anticoagulantes y las indicaciones de los marcapasos.

Sí, mejor cierro la compu, y que el archivo se borre solo. Una muerte sin dolor.

Yo mejor me dedico a lo mío, y dejo a los músicos con sus musas, a los escritores con su dolor, a los pensadores con sus tretas.

Mañana lo llamo a Chiale y le digo que mejor no escribo esa nota sobre la pasión. Que fue una mala idea. Que mejor le mando una revisión sistemática sobre factor natriurético auricular en la fibrilación auricular. Que eso pega más, que es más acorde con el perfil de su revista.

Él seguro me va a entender.

Adrian Baranchuk,

Kingston, Ontario, Canadá

Marzo, 2013

Nota del Editor: Adrián me pide que lo entienda y después de un tiempo, que se me ocurre mucho más prolongado que el real, de conocernos y trabajar en muchas cosas codo a codo sin otro interés que mantener y aun avivar la pasión por mejorar nuestro rendimiento profesional, de aprender, de descubrir lo que la, a veces esquiva, biología quiere escondernos ¿como no voy a comprenderlo? Es precisamente por eso que creo que este mensaje que con tanta brillantez, autenticidad y emoción nos enviara Adrián merece con creces que se lo difunda entre la comunidad científica y también entre quienes no tienen relación alguna con la medicina. Más allá de lo que me concierne en el aspecto de las consideraciones referidas a mi persona (que por supuesto agradezco, aunque no se si son totalmente merecidas), contiene reflexiones de gran profundidad que van en el sentido de preservar las raíces, de no olvidar a nuestros maestros y sus enseñanzas, de orientar a los jóvenes para que hallen su mejor camino y estimularlos para que sorteen cualquier supuesta limitación, incluso con la intención de que puedan superar a sus maestros. Y también, por qué no, que el trabajo en equipo perdurable, sostenido, sin mezquindades, conduce de manera inexorable al mayor crecimiento de cada uno de sus integrantes. El Editorial de Adrián nos lleva a reflexionar acerca de esas conductas, tan lógicas pero con frecuencia comprobadamente olvidadas, cuya práctica no sólo nos satisface sobremanera en el aspecto profesional sino que nos conduce al logro de la plenitud espiritual, condición esencial para que quienes llevamos nuestra mochila ya cargada de años, transitemos con alegría y esperanza el tramo final de nuestro camino.

Pablo A. Chiale

Director

Revista Electrofisiología y Arritmias

Publicación digital

SADEC